Rogelio Vallejo (segundo por la izquierda) junto a Óscar Didier Ascensio, Vera Sánchez y Nik Zaret Cervantes
ROGELIO VALLEJO:
Entrevistamos a Rogelio Vallejo Bores, fundador de HW Studio, una firma de arquitectura nacida en la ciudad de Morelia (Michoacán, México) en 2010. En un momento en el que el país atravesaba una etapa de gran violencia, el estudio surgió con un propósito claro: crear espacios capaces de evocar y proteger esa paz tan amenazada.
El propio nombre, HW Studio, define su esencia. La H, al ser la letra muda en español, representa gráficamente el silencio. La W, por su parte, proviene del concepto japonés wabi-cha, un estilo de la ceremonia del té que prioriza la simplicidad, la austeridad y la imperfección por encima de la suntuosidad.
Una práctica con tres universos
Formado por un equipo multidisciplinar de arquitectos, el estudio abarca proyectos residenciales, corporativos y culturales a través de un proceso de diseño que se centra en el estudio y la comprensión profunda de lo que ellos denominan los tres universos: el del futuro habitante, el del propio lugar y su propio imaginario interior como diseñadores.
La práctica de este estudio mexicano se aleja de la arquitectura que exalta la imagen para poner en valor lo que realmente importa. HW Studio apuesta por una arquitectura «esencialista» que elimina lo superfluo, generando espacios que favorecen la contemplación consciente y propician momentos de serenidad. Para ellos, la labor del arquitecto actual es ofrecer un refugio y una alternativa frente a un mundo cada vez más violento y ruidoso.
Amplio reconocimiento internacional
Esta coherencia teórica y formal les ha valido un amplio reconocimiento internacional. Recientemente, su trayectoria ha sido respaldada por galardones de prestigio global: en 2025 fueron reconocidos como Best New Arch Firm en los Architecture Hunter Awards de Brasil y como Emerging Architecture Firm por la revista canadiense Azure en Toronto, tras haber resultado ganadores en 2024 en el Architecture MasterPrize de Los Ángeles dentro de la categoría de arquitectura residencial unifamiliar.
En esta conversación, hablamos con el fundador de HW Studio sobre su manera de entender el espacio, su proceso creativo y esa búsqueda constante de una arquitectura que, más que imponerse, invite al silencio.
HW STUDIO EN INTERIORES MINIMALISTAS

La casa Kehai (la vivienda del arquitecto). Fotografía: Gustavo Quiroz
LA ENTREVISTA:
- ¿Cómo nació HW Studio hace 16 años y qué motivaciones personales te llevaron a fundarlo?
Si te soy honesto, no estoy seguro de que haya habido una motivación clara, una necesidad o simplemente meras circunstancias. En realidad, nuestro ego nos hace creer que decidimos cosas, pero muchas veces somos más como una hoja que arrastra el río, aunque entiendo perfectamente por qué es confortable creer que controlamos nuestra vida.
La primera persona que me llamó para un proyecto fue mi propio padre. Me dio su lista de necesidades, el programa y más o menos lo que visualizaba. Cuando terminé la propuesta me pidió un lápiz y un papel porque él me diría cómo debía ser el proyecto, porque el arquitecto, según él, “siempre debe hacer lo que el cliente le pida”. Fue un balde de agua fría porque, aunque en cierta forma llevaba razón, también pensé: ¿entonces para qué estudiamos tantos años si al final seremos meros dibujantes de alguien que no estudió arquitectura?
Por respeto a todo lo que había invertido en mí le dije que no podía hacer algo para él. Probablemente, fue uno de los momentos más tenebrosos de mi carrera porque ahí entendí algo muy duro: no habría un desquiciado que pusiera los ahorros y esfuerzos de toda su vida para que yo le hiciera algo.
Entonces orienté mi camino hacia el arte y me fui a Madrid a estudiar una maestría en arte y nuevas tecnologías. El arte era un buen lugar para estar en aquel momento. Era más barato de hacer que la arquitectura y ahí podía observar cómo los artistas transformaban su mundo interior y exterior en un objeto artístico. Yo creía que la arquitectura jamás sería para mí.
Pasaron los años y después de encargarme un tiempo de las huertas de aguacate de mi familia, regresé a España. Estando allá recibí una llamada del que terminaría siendo mi primer cliente: un secretario de la república del gobierno que más tarde desataría lo que se conocería como la guerra contra el narco. Era un personaje con un peso específico muy fuerte. Muy culto, brillante y con una personalidad compleja. Eso despertó en mí un enorme interés por las personas que hacen un encargo arquitectónico. Y como ya sonaban los tambores de guerra en México, la búsqueda desde el inicio fue hacer una arquitectura que te hiciera sentir protegido y que promoviera cierto estado de paz.
La propuesta de esa casa partía de un bosque artificial en el centro que “forzaba” al habitante a atravesarlo antes de entrar. La intención era que ese espacio funcionara como una especie de esponja emocional de todo lo que implica vivir en una posición de semejante poder. También existía la opción de entrar por un pasillo lateral en caso de lluvia, pero ese acceso era deliberadamente bajo para provocar que la persona tuviera que inclinar ligeramente la cabeza, como ocurre en los salones de té japoneses, donde el ego debe disminuir antes de entrar.
Con ese proyecto inició el despacho. Más circunstancial que planeado. Más consecuencia de muchas cosas acumuladas que de una decisión completamente consciente que yo hubiera tomado en aquel momento de mi vida.

Casa Tao. Fotografía: Hugo Tirso Domínguez
- El nombre del estudio hace referencia al silencio y al concepto japonés wabi-cha, la ceremonia del té japonesa. ¿Cómo se traducen estos dos conceptos en la manera de proyectar?
El silencio es una presencia constante entre nosotros. En nuestras cabezas no deja de resonar aquella frase de Barragán durante su discurso del Pritzker: “en mis casas todavía se escucha el suave murmullo del silencio”.
El silencio, como una presencia imposible de ignorar, es una de nuestras mayores búsquedas. Y para encontrarlo, muchas veces hay que darle la espalda al ruido visual, auditivo, táctil, háptico e incluso espiritual,, de nuestras ciudades. Creo que, por eso, muchas de nuestras casas carecen de vistas hacia el exterior; necesitamos controlar completamente la experiencia interior. Es imposible decidir el color de la fachada del vecino, pero sí podemos elegir cual será la flor en verano del árbol que tenemos en nuestro pequeño patio.
La gran labor del arquitecto, al menos para nosotros, consiste justamente en eso: ofrecer una alternativa a un mundo cada vez más violento y ruidoso. Por el contrario, cuando trabajamos inmersos en la naturaleza, nuestras casas se vuelven mucho más transparentes y la arquitectura únicamente intenta enmarcar la belleza presente.
También nuestra arquitectura hacia la ciudad procura convertirse en un momento de pausa. Sin colores, sin cornisas, ni decoración, sin exceso de información. No porque no nos gusten nuestros barrios mexicanos o porque queramos cambiarlos, sino porque para que una melodía funcione, también necesita momentos de silencio. Y eso es lo que intentamos aportar hacia afuera.
Nuestra arquitectura funciona justamente porque existen otras arquitecturas que equilibran la balanza. Necesitamos ambos extremos. El lleno y el vacío. El ruido y el silencio. Y quizá ahí, es donde aparece el wabi-cha. Muchas veces, en Occidente, entendemos estas ideas japonesas únicamente como una estética, pero para nosotros tienen más que ver con una manera de estar en el mundo.
El wabi-cha surge en Japón en un momento profundamente atravesado por la guerra. Y aunque la ceremonia del té ya existía antes, fue Sen no Rikyū quien la depuró radicalmente hasta convertirla en algo mucho más silencioso y esencial. Hasta ese momento la ceremonia estaba cargada de ornamentación, objetos valiosos y cierto despliegue de poder. Rikyū comenzó lentamente a despojarla de todo lo innecesario: redujo el tamaño de los espacios, eliminó ornamentos, utilizó materiales humildes y llevó la experiencia hacia algo mucho más íntimo y espiritual. Incluso diseñó accesos pequeños y bajos donde los samuráis debían inclinar la cabeza y dejar sus espadas afuera antes de entrar.
Cuenta la historia, que esta postura terminó generando una profunda tensión con Toyotomi Hideyoshi, quien eventualmente le ordenó cometer seppuku. Pero algo muy interesante ocurrió después: la sociedad japonesa entendió aquella ceremonia depurada como un acto de enorme profundidad espiritual y terminó convirtiéndola en una de las tradiciones culturales más importantes de Japón.
Y, creo que eso explica mucho de nuestra manera de entender el espacio. Porque en el fondo, la ceremonia del té no trataba sobre el té. Trataba sobre el acto de presencia entre dos personas. Sobre la consciencia de que quizá esa sería la última vez que se verían, porque cualquiera podía morir al día siguiente en un contexto atravesado por la guerra. Creo que por eso el wabi-cha encuentra belleza en lo modesto, en lo incompleto y en aquello que no intenta imponerse. Hay algo profundamente humano en una pared manchada por la lluvia, en una piedra erosionada o en una madera que envejece dignamente.
Vivimos en una época obsesionada con lo nuevo, lo perfecto y el exceso de información, mientras que el wabi-cha propone casi lo contrario: aceptar el paso del tiempo, la imperfección y cierta pobreza digna como una forma de belleza. Por eso, nos interesan materiales que envejezcan bien y cuya relación con la pátina los vuelva más bellos: el concreto, la piedra, el chukum. Incluso nuestros estucos blancos adquieren otra belleza cuando los escurrimientos de la lluvia o la sombra proyectada por un árbol que crece comienzan lentamente a dibujar el lienzo.

La colina frente a la cañada. Fotografía: César Béjar
- ¿Hasta qué punto el contexto social de México influyó en tu visión de la arquitectura cuando empezaste con HW Studio?
Es indudable que el contexto influye en todos nosotros y en nuestra manera de crear cualquier forma de manifestación cultural. Sin embargo, me disculpo porque no sé si podré darte una respuesta clara, ya que no logro distinguir con precisión cómo fue esa influencia o de qué manera terminó construyendo esa visión. Tampoco creo que podamos hablar de un único contexto social claro y sólido.
Lo único que puedo identificar con claridad es que toda mi familia materna practica taekwondo y, desde niño, me acercaron a muchas de estas filosofías orientales que, sin duda, hoy marcan una gran parte de mi búsqueda como ser humano.
Por otro lado, pasamos de ser una familia pobre, que perdió su casa en el terremoto del 85, a terminar estudiando junto a los hijos de las familias más ricas de la ciudad. Crecí además en una ciudad con profundos rastros indígenas, pero con una arquitectura visiblemente española. Todo eso inevitablemente termina construyendo una manera particular de mirar el mundo.
Lo cierto es que hacemos arquitectura en uno de los estados más pobres de México, pero también en uno de los más ricos culturalmente hablando. Y creo que nuestra filosofía se alinea muy bien con esa realidad tan dual y opuesta.
Recuerdo una frase de Alejandro Aravena en la que decía que había que tomar nota de México porque “habíamos aprendido a hacer arquitectura de primer mundo con presupuestos de tercero”. Más allá de lo anecdótico de la frase, creo que contiene algo profundamente cierto. En contextos como el nuestro, uno aprende a depurar, a sintetizar y a entender que muchas veces la belleza no proviene del exceso sino de la simplicidad.
También es imposible ignorar el contexto de violencia que comenzó a intensificarse en México justo cuando iniciábamos el despacho. Creo que eso influyó profundamente en nuestra búsqueda. Mientras gran parte de la arquitectura moderna celebraba la apertura absoluta y la transparencia, nosotros comenzamos a preguntarnos cómo hacer arquitectura que hiciera sentir protegido al habitante y que promoviera cierto estado de paz.
Quizá por eso muchas de nuestras casas son introspectivas. No como un rechazo hacia la ciudad, sino como una respuesta natural a ella. Como pequeños refugios emocionales frente a un mundo exterior cada vez más violento y acelerado.

Casa Enso II. Fotografía: César Béjar
- La mayoría de vuestras obras transmiten silencio, contemplación e introspección. ¿Qué elementos son fundamentales en un espacio para que logre transmitir esta sensación de serenidad en las personas?
Yo creo que hay un elemento fundamental que poco a poco hemos ido perdiendo porque dejó de ser rentable para la sociedad de consumo en la que estamos inmersos: los patios. Y me parece especialmente interesante porque España los hizo con una maestría única.
Los patios han estado presentes prácticamente en todas las culturas: azteca, maya, romana, española, árabe, japonesa, china o turca. Eran el lugar donde se alojaba lo divino, mientras que bajo los techos se alojaba lo terrenal, lo humano. Creo que el patio representa algo muy importante: el vacío como forma de equilibrar el lleno. Un plato de sopa solo es útil por el vacío que contiene la sopa. Y de alguna manera la arquitectura funciona igual. Necesitamos espacios donde pueda aparecer el silencio, la belleza, donde la vida de la casa pueda respirar.
Sin embargo, más allá de cualquier elemento físico o arquitectónico, considero que es necesario proyectar desde un lugar de mucha tranquilidad, serenidad y silencio. Es muy difícil que cualquier manifestación artística comunique paz si por dentro el estado del creador es exactamente el opuesto. Lo que me enseñó el arte es que toda creación humana es un reflejo de su creador.
En algún momento al principio de mi carrera, me pregunté cómo podía hacer arquitectura que llevara a las personas a bajar la voz, caminar lentamente, estar en presencia o experimentar cierta contemplación, si por dentro lo único que yo tenía era una constante guerra, ruido y sufrimiento. Simplemente, no habría sido honesto y, tarde o temprano, esa discrepancia que aún poseo habría salido a la luz.
Esa pregunta fue la que me llevó al zen. Porque al final, la arquitectura se diseña desde el estado interior de quien la produce. De alguna manera, los espacios terminan convirtiéndose en una extensión silenciosa de nuestra propia mente.

Casa Shi. Fotografía: César Béjar
- Habitualmente, como estudio de arquitectura, os identificáis más con el concepto de “esencialismo” que con el de “minimalismo”. ¿En tu opinión, cuál es la diferencia entre ambos conceptos?
Aunque parecen conceptos cercanos, para nosotros son profundamente distintos. El minimalismo, entendido como corriente de pensamiento, propone una depuración de la forma hasta obtener los fundamentos estructurales de un objeto, llevándolo a un punto casi irreductible. Es una operación que apunta hacia la mente como herramienta depuradora, casi como si se tratara de una operación matemática. Y creo que eso está muy en consonancia con la tradición euroamericana. El esencialismo, en cambio, no busca reducir, sino equilibrar la balanza para que sea la propia sabiduría interior la que experimente la medida justa y suficiente de las cosas. No tiene que ver con lo mínimo, sino con lo exacto.
Para experimentar esto, los orientales muchas veces enfrentan dos opuestos. Por ejemplo: una habitación completamente blanca con un solo objeto en el centro, una piedra erosionada por el mar. Cuando esos dos opuestos —la perfección humana de la habitación y un contundente elemento natural— entran en serena convivencia, se experimenta un estado de presencia. Y en ese instante, se corta el flujo de nuestros pensamientos y se vuelve parte del todo. Por eso, nos sentimos tan atraídos hacia Oriente. Son diferencias muy sutiles, pero que terminan produciendo una distancia enorme en la manera de experimentar el mundo.
Un ejemplo que siempre me parece muy bello es la caligrafía. Para nosotros, en Occidente, la belleza de una letra suele estar en la tinta que forma esa letra. Para Oriente, la belleza está en el vacío que envuelve esa tinta. Ambas miradas son hermosas, pero con el tiempo, me he dado cuenta de que nosotros solemos enfocarnos más en la materia, mientras que ellos han entendido el enorme poder del vacío, porque dentro de él cabe todo el universo. Y, creo que justamente ahí aparece la diferencia entre minimalismo y esencialismo. Uno reduce; el otro intenta revelar aquello que verdaderamente importa.

Casa Emma. Fotografía: César Béjar
- Vuestro proceso de diseño se centra en tres universos: el universo del futuro habitante, el universo del lugar y vuestro propio universo interior como diseñadores. ¿Nos puedes explicar brevemente en qué consisten cada uno de estos tres universos?
Claro. Como bien mencionas, nuestro proceso de diseño se sostiene sobre tres grandes universos que constantemente exploramos: el habitante, el lugar y nosotros mismos.
El primero es el habitante. Y creo que la profesión tiene una deuda importante con la manera en la que solemos aproximarnos a él. Muchas veces lo reducimos a presupuesto, necesidades y gustos, y siempre me pareció que ese enfoque casi mercantil dejaba fuera algo muchísimo más importante: la complejidad humana de quien va a vivir el espacio.
Por eso tratamos, con ayuda de una neuropsicóloga, de entender al habitante desde dos lugares más profundos. Nos interesa la memoria emocional de los espacios que ha habitado a lo largo de su vida: la casa de la abuela, el portal junto a la plaza, el olor de cierta cocina, la iglesia de su infancia. Pero también intentamos comprender su personalidad a través de los cinco rasgos que la conforman: la meticulosidad, la afabilidad, la apertura a la experiencia, la extroversión o la estabilidad emocional a través de un instrumento psicológico llamado “The big five”.
Todas esas líneas de investigación, sumadas a un acercamiento profundo a la persona y su forma de vivir, nos van dando variables que después utilizamos dentro del proceso de diseño. Tratamos de acercarnos lo suficiente para poder entender las capas más complejas del personaje y así intentar proponerle una especie de traje a la medida.
La segunda gran variable es el lugar. Y para nosotros el lugar no solamente es el terreno o la topografía; tiene que ver con experimentar su espíritu en el sentido más práctico y sensible de la palabra. Entender si es un sitio violento o amable, si en la esquina hay un puesto de tacos cuyo aroma podría llegar hasta la cocina, si la vocación material del pueblo es el adobe, la piedra, el ladrillo o la madera.
Nos interesa saber si hay un árbol que debamos cuidar, una piedra que merezca permanecer o, incluso, si un pájaro se posa siempre sobre la misma rama al atardecer. Porque creemos que coexistimos con otros seres vivos y otras presencias, y la arquitectura debería reconocer esas preexistencias e integrarlas dentro de una experiencia más amable y consciente.
Para experimentar el espíritu del lugar, solemos ir varias veces al terreno simplemente a estar ahí. Sin analizar demasiado. Sin pensar todavía en arquitectura. Solo permaneciendo en silencio hasta que el lugar comienza lentamente a ocupar un espacio dentro de nuestra memoria profunda.
Y, finalmente, aparece el tercer universo: uno mismo como diseñador. De alguna manera, somos como chefs que toman ingredientes distintos y los mezclan para producir algo nuevo. Pero si hablamos de conocer profundamente al habitante y al lugar, inevitablemente aparece otra pregunta: ¿cómo hago para conocerme profundamente a mí mismo? Y esa pregunta, nuevamente, me volvió a llevar al zen. Porque al final, el arquitecto también termina participando del proyecto desde sus propias heridas, obsesiones, silencios y búsquedas interiores. La arquitectura no surge únicamente de un análisis racional; surge también de la calidad de conciencia desde la cual se mira el mundo.
- ¿Qué importancia tiene la materialidad en vuestra manera de proyectar?
Mucha, y, a veces, muy poca. Cuando el proyecto está inmerso en la naturaleza, tratamos de utilizar materiales cuya relación con el tiempo y las condiciones naturales los vuelva más bellos. En esos casos, la carga material del proyecto es muy intensa e importante. Nos interesa cómo envejece una piedra, cómo el concreto adquiere pátina o cómo la humedad y la lluvia comienzan lentamente a dibujar una superficie.
Sin embargo, en la ciudad, muchas veces utilizamos estucos blancos muy sencillos donde la carga no se deposita tanto en la materia, sino en el concepto de pausa y silencio. Ahí, la arquitectura intenta retirarse un poco para que la experiencia espacial tenga más presencia que el propio material.

Casa sin nombre. Fotografía: César Béjar
- La integración de la obra con el paisaje también está muy presente en vuestros proyectos. ¿Es el paisaje y la naturaleza lo que determina siempre cómo va a ser el proyecto?
No necesariamente. Si pensamos en estas tres patas de las que hablábamos anteriormente —el lugar, el habitante y uno mismo— en cada proyecto el peso específico de cada una cambia. A veces el lugar es mucho más determinante y el habitante se repliega un poco. Otras veces, el habitante es tan interesante, incluso más que el propio paisaje, que muchas de las decisiones terminan girando alrededor de él. Y en otras ocasiones, uno mismo como diseñador toma más control dentro del proceso. Pero, siempre deben estar presentes las tres variables.
En muchos de nuestros proyectos parece que el paisaje determina gran parte de las decisiones, pero en realidad siempre existe una mezcla de las tres. Quizá una es más evidente y la otra opera de manera mucho más silenciosa o sutil.
Volviendo a la analogía de la caligrafía japonesa, muchas veces prestamos demasiada atención a la letra y no al espacio alrededor de la letra. Y creo que en nuestros proyectos sucede algo parecido. Hay decisiones muy visibles que parecen venir directamente del paisaje, pero muchas otras nacen de cosas menos inmediatas: de la personalidad del habitante, de una memoria emocional o incluso de una búsqueda interior nuestra como arquitectos.
Al final, el proyecto termina siendo una conversación entre esas tres fuerzas, no a la influencia aplastante de una sola.
- ¿Qué arquitectos o pensadores han sido más influyentes en tu manera de entender la arquitectura?
Sin duda, el pensador por el que más influido me siento es Buda, y los muchos budas que han existido a lo largo de la historia. Y, para explicar un poco mejor lo que trato de decir, alejándome del sentido religioso que muchas veces tiene la palabra, “buda” significa simplemente “despierto”: despierto de la ilusión del yo.
Hace poco, escuché que la diferencia entre un buda y alguien como nosotros es que nosotros tenemos los párpados cerrados y ellos abiertos, pero en esencia no existe ninguna otra diferencia.
Más que influencias arquitectónicas concretas, creo que me han marcado profundamente ciertas maneras de mirar el mundo y de experimentar la existencia. Recuerdo que una de las enseñanzas más grandes que he recibido como arquitecto, fue de Manuel Aires Mateus, quien nos dijo que para ser buenos arquitectos había que entender la vida. Desde entonces he tratado de hacerlo, aunque hace algún tiempo me di cuenta de que quizá no había que entenderla, sino experimentarla más allá de la comprensión racional.
El único escritor que me ha hecho llorar ha sido Borges con «El Aleph». Y alguien que me ha provocado una profunda sensación de envidia creativa es Chillida. Hay algo en su manera de relacionarse con el vacío, la materia y el silencio que me parece profundamente conmovedor.
Y, aunque evidentemente admiro a muchos arquitectos, con el tiempo me he dado cuenta de que me interesan más aquellas personas capaces de producir estados de presencia a través de su obra.

Casa de los cuatro patios. Fotografía: César Belio
- ¿Cuál ha sido el proyecto que os ha supuesto un mayor desafío conceptual o técnico?
Hay algo que no se nos dice mucho y sobre lo que quizá deberían ser más enfáticos en las escuelas de arquitectura: el enorme sufrimiento que muchas veces va de la mano de nuestra profesión. Hace poco, veía una charla de grandes arquitectos de la escuela portuguesa que llevaba por título “Belleza a pesar de todo”. Y me pareció una definición muy precisa de lo que implica hacer arquitectura.
Todos y cada uno de los proyectos en los que nos hemos involucrado, conllevan un enorme desafío conceptual y técnico. Desde una casa de 40 m² hasta una de 1.000, la constante siempre termina siendo la dificultad y el reto. Sin embargo, en ciertos momentos aparece esa belleza a pesar de todo. Y ese pequeño y breve instante, termina compensando una enorme cantidad de dolor, desgaste y frustración.
Me sería muy difícil elegir un solo proyecto, porque cada uno se ha quedado con un pedazo de mí. Creo que la pregunta se parece mucho a preguntarle a una madre cuál es su hijo favorito. Hay respuestas que quizá se contestan mejor con una pausa porque cualquier intento de explicarlas termina quedándose corto.
- ¿Crees que en los últimos años ha aumentado el número de personas que desea residir en casas que inviten a la paz y la introspección, tanto desde el punto de vista arquitectónico como del diseño de interiores?
Creo que es una respuesta inevitable a este mundo interior y exterior tan sobresaturado en el que vivimos. Necesitamos ese rincón que nos dé un respiro y nos indique el camino hacia el único lugar que realmente puede proporcionarnos paz: nuestro interior. Y esto no es algo nuevo; lo han venido diciendo algunos de los sabios más importantes de nuestra historia, aquellos sobre cuyas enseñanzas incluso se fundaron muchas religiones.
En ese sentido, creo que la arquitectura debería ser capaz de proporcionarte un espacio donde se den las condiciones necesarias para volver la mirada hacia dentro. O simplemente para que se interrumpa, aunque sea por un instante, el flujo constante de pensamientos en el que vivimos atrapados. Y quizá, en ese pequeño fragmento de silencio, podamos experimentar la paz que siempre ha habitado dentro de nosotros.
Por eso, creo que cada vez más personas buscan espacios introspectivos, silenciosos y contemplativos. No necesariamente porque entiendan racionalmente lo que están buscando, sino porque el propio cuerpo y la mente empiezan a pedirlo como una forma de equilibrio frente al exceso de estímulos, velocidad e información que define nuestra época.

Ai Department Tower. Fotografía: Dane Alonso
Imágenes: cortesía de Rogelio Vallejo








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